Category: Cuentos en Español

  • Copo de nieve

    El traslado en la caja de mascotas fue tortuoso. El gato no solo maulló y lloró sin descanso, sino que también orinó sobre los asientos del auto, dejando un olor penetrante en el ambiente. De vez en cuando, lanzaba zarpazos al aire, intentando arañar a quien estuviera al otro lado de la caja, como si así pudiera evitar ser arrancado del único hogar que conocía.

    La adaptación tampoco fue fácil.

    Durante los primeros días, Copo de Nieve pasaba las horas acurrucado bajo de la cama, temeroso de lo desconocido, refugiándose en la oscuridad. Sólo se aventuraba a salir por breves momentos para explorar la casa, pero pronto regresaba a cualquier rincón sombrío que le ofreciera cobijo.

    Flor, quien lo había adoptado, había suplicado a su tía que le permitiera quedarse con él antes de que esta se mudara al extranjero. La dueña buscaba a alguien que pudiera cuidar de Copito, como solía llamarlo, y Flor, aún nostálgica por la muerte de su última mascota —un cuis llamado Phillip— sintió que aquel gato blanco podría devolverle un poco de la felicidad perdida. Phillip había sucumbido a una terrible insolación en pleno verano, abandonado en un terreno inmenso sin sombra, sobre el pasto reseco, con las patitas apuntando al cielo como un escarabajo tumbado, pero peludo.

    Para Flor, Copito de Nieve era un nuevo comienzo. Y aunque trató de convencer a su novio, Robby, de que sería una buena compañía para ambos, él nunca terminó de compartir su entusiasmo. Decía que, sin un tercero en casa, la convivencia se tornaría solitaria, pero Robby, testarudo en sus opiniones, no disimulaba su desdén hacia el nuevo integrante.

    Sin embargo, Copo de Nieve no tardó en acostumbrarse. Cuando Flor y Robby regresaron de un breve viaje de fin de semana, el gato no dejaba de restregarse contra sus piernas. Flor, exultante, gritó de alegría, convencida de que por fin se había convertido en la mascota que siempre había querido. Lo consintió, por supuesto, y, desde entonces, Copo de Nieve encontró su lugar en la casa.

    Pero Robby aún no se convencía.Tenía que sacarse meticulosamente los pelos blancos del gato cada vez que pelechaba sobre su ropa.

    —¡Fuera!— le gritaba, o lo espantaba acercándose con pasos fuertes.

    El gato, no obstante, a pesar de los intentos de Robby por ignorarlo, no escatimaba en sus demostraciones de afecto. Con el tiempo, Robby vió cómo Copo de Nieve había engatusado por completo a su novia.

    —Ya no lo soporto, no quiero que duerma más en la cama con nosotros —dijo una noche.

    —No seas malo, pobre, solo quiere amor y calor —respondió ella, dando palmaditas sobre el colchón. Copo, con su elegante andar sigiloso, se acomodó entre los dos, justo en el medio, impidiendo que se abrazaran.

    —Ah, no. Esto ya es demasiado —bufó Robby, y, tomándolo del cuero, lo apartó de un tirón.

    —¡No! ¡¿Cómo vas a hacer eso?! —protestó Flor. Y, furiosa, se dio la vuelta y se durmió sin volver a dirigirle la palabra.

    Pero Copo durmió con ellos esa noche, y la siguiente, y la siguiente. Se lo podía ver, tendido entre ambos, panza arriba, su esponjoso vientre blanco expuesto sin pudor. La fascinación de Flor por el gato no hizo más que crecer: la escuchaba tocar el piano, la acompañaba durante sus largas horas de estudio, se acostaba en su regazo cuando el estrés o la tristeza la invadían e incluso la esperaba fuera de la ducha. Su ronroneo, incesante y monótono, parecía casi hipnótico.

    Robby, en cambio, no podía sentir esa admiración. Se quejaba de que Copo era exigente con su dieta de Lager y que carecía de honor, comparándolo con perro negro callejero, enorme y bonachón, que a veces merodeaba por la zona.

    Pero lo que más le exasperaba era que, cada madrugada, Copo maullaba sin cesar para que lo dejara salir de la casa. Robby, sobresaltado por aquellos chillidos agudos, se levantaba a abrirle la ventana, solo para que, minutos después, el gato reclamara volver a entrar y, como si fuera un ritual inquebrantable, lo guiara hasta la cocina, donde lo esperaba su plato de comida.

    —Copo puede pedir todo lo que quiera. Es el rey de esta casa, el Rey Copo —dijo Flor al día siguiente.

    —¡Pero el maldito gato no te da nada! Ninguna mascota lo hace. Solo piden y cagan. Ese es su regalo.

    —Mentira. Nos dan su amor y fidelidad. Solo admirar la belleza de Copo ya es razón suficiente para cuidarlo.

    —A mí lo único que me deja son huellas en el capó del auto. Todas las noches se sube a ensuciarlo y reclamar su reino. ¡Hasta los pisteros de la estación se rieron de mí cuando llegué hoy! Y yo lo sé… Sí, sí que lo sé. Es malévolo, Flor. Hay algo en él. En la oscuridad, sus ojos desaparecen y solo quedan dos agujeros negros, muy negros.

    —No digas tonterías, Robby. Es solo un gato —dijo ella. Y luego, con un destello en la mirada, susurró—: Es el Rey Copo.

    —Ya abdicará —murmuró él.

    —Pero siempre encontrará alguna forma sutil de imponerse —respondió ella, sonriente.

    Eso decían, hasta que un estruendo sacudió la casa.

    —¡No, mi computadora! —gritó Flor.

    El gato había intentado saltar sobre el escritorio y, en el proceso, derribó la laptop al suelo.

    —¡Merece un castigo! —bramó Robby.

    Por primera vez, Florencia asintió. Esta vez, Copo de Nieve había ido demasiado lejos.

    Robby, ansioso por venganza, presionó su pie contra el cuerpo del gato, acorralándolo suavemente contra la pared, solo lo suficiente para que sintiera un poco de dolor. Pero Copo pareció tomárselo muy en serio. Desapareció durante tres días.

    Florencia, indignada, culpó a Robby de su huída. Lo llamó insensible y cruel. Hasta que Copito volviera, no le hablaría ni se dirigiría a él.

    Robby, desesperado, no lograba sacarse de la cabeza la imagen del animal. Mientras trabajaba, lo atormentaba la idea de que hubiera sido atropellado o víctima de algún accidente. Lo cual, en cierto modo, sería un alivio. Pero la verdad era que, si Copo no volvía, su vida se arruinaría por completo.

    ¿Cómo podía un simple gato ejercer tal poder sobre él?

    Al borde de la paranoia, buscó en internet información sobre gatos malignos. La ciencia desmentía cualquier teoría absurda y explicaba el comportamiento felino como algo completamente lógico y natural. Por otro lado, en foros antiguos encontró mensajes sobre posesiones demoníacas y entidades interdimensionales que parecían ser puras falacias.

    Y, aun así, hubo una palabra que se le quedó grabada.

    Reencarnación.

    ¿Era posible? ¿Por qué Flor insistía en llamarlo Rey Copo? Pensó en reyes. Ciertamente, había habido monarcas sádicos: Iván el Terrible, que ejecutó a su propio hijo; Vlad el Empalador, cuyo nombre lo explica todo; Manuel I de Portugal, célebre por sus crueles políticas de expansión colonial…

    No debía seguir pensando en eso, se dijo, y apagó bruscamente la pantalla de su computadora. No debía.

    Pero esa madrugada, un ruido lo despertó.

    Aún somnoliento, abrió los ojos y se encontró con la mirada de Copo. El gato había vuelto sin que nadie lo notara. Apoyaba sus patas en su torso y lo observaba fijamente. En su mirada relucía un brillo vil.

    Desde entonces, es Robby quien sirve su comida y limpia su caja de arena. Como un verdadero lacayo.

  • Bucle

    No era una paranoia maligna la que retenía sus pasos, ralentizados por una fricción que la empujaba hacia atrás. No, no era eso, sino la cruda certeza de que estaba siendo perseguida por el mismo hombre que ahora caminaba a su lado, con ojos vacíos que reflejaban su propia sombra, en la vereda despejada que dividía la calle de unos verdes jardines. 

    Su ímpetu nunca había sido apabullante; sus cavilaciones la empapaban de una materialidad atronadora que en nada se parecía a un sueño, excepto por las brumas blanquecinas y opacas que silenciosamente perseveraban en esfumar el tiempo, igual que el calor al agua en desperdigado vapor.  

    En tales circunstancias, las esquinas se distorsionaban mientras continuaban su recorrido. Un cuidacoches apareció entonces, saludándolos al pasar e intercambiando breves palabras con ella, casi imperceptibles.  

    Había sombra en ese recodo, y aunque el asedio no fuera más que un horror bien oculto a las miradas de otros, una muerte previsible se cernía, escabulléndose como un hado de malevolencia omnipotente, como un presagio sombrío. 

    Pudo alejarse, sí, y correr y correr hasta el parque más cercano, donde sus conocidos podrían salvarla y cobijarla, protegiéndola de la terrible perplejidad, de aquel perseguidor y su cacería cuya insondable fatalidad presentía como un destino insalvable o una sorpresa infortunada.  

    —¡Llamen a alguien de mi familia! Todo es un sueño y necesito despertar —suplicó con la mayor prisa de su corazón, mientras se abofeteaba el rostro y daba saltos, intentando que su cuerpo reaccionara y volviera al lugar al que pertenecía.  

    —¿Un sueño? —preguntó alguien, desconcertado, mientras todos la escudriñaban, sumidos en un silencio áspero, sin entender la causa de tal alboroto. La luz LED del salón en donde estaban reunidos era ácida a la vista. 

    —¡Sí, un sueño! —volvió a repetir. Se le acababa el tiempo… y los rostros robotizados de sus conocidos, mirando en su dirección, parecían petrificarse cada vez más, con escleróticas quebradizas y cristalinos ojos que podrían haber sido huecos en sus cavidades oculares. Los labios finos permanecían entreabiertos en una mueca de ausencia. Un mensaje de auxilio… ¿no estarían en su contra?  

    Insistió en la llamada telefónica como quien da una orden irrebatible, convencida de que, desde aquel lugar ilocalizable camuflado en la densa marea de su inconsciente, un llamado podría acaso atravesar tiempo y espacio hasta el lugar en donde dormía. De pronto, una de las jóvenes presentes le indicó que la llamada estaba en curso. Se escucharon varios pitidos provenientes de un teléfono. Milagrosamente, cerró los ojos y sintió que sus miembros se desplazaban, que su conciencia se alejaba de la penumbra onírica, revelando la luz del sol que intentaba colarse a raudales por las hendiduras de la persiana.

    —¡Llegamos de la feria! —gritó su madre desde fuera, abriendo lentamente la puerta de su dormitorio. 

    Ella se desperezó, sintiendo el profundo alivio de lo conocido, que por fin la abrigaba debajo de las mantas. Todo estaba bien, en realidad; parecía estarlo, porque, luego de remar en un coágulo de horas condensadas dentro de la penumbra viscosa que se aferraba a su piel en aquel limbo, adormilada y con sus legañosos ojos semicerrados, despertó, o quizá solo soñó que despertaba, porque vio a través de la ventana a su madre pasar de un extremo a otro, apresurada por abrir la puerta de entrada con llave, como si no hubiera estado en la casa por un rato largo y tendido.  

    Entonces escuchó que se acercaba y entornaba la puerta mientras decía: 

    —Mi amor, ya llegamos de la feria.