
No era una paranoia maligna la que retenía sus pasos, ralentizados por una fricción que la empujaba hacia atrás. No, no era eso, sino la cruda certeza de que estaba siendo perseguida por el mismo hombre que ahora caminaba a su lado, con ojos vacíos que reflejaban su propia sombra, en la vereda despejada que dividía la calle de unos verdes jardines.
Su ímpetu nunca había sido apabullante; sus cavilaciones la empapaban de una materialidad atronadora que en nada se parecía a un sueño, excepto por las brumas blanquecinas y opacas que silenciosamente perseveraban en esfumar el tiempo, igual que el calor al agua en desperdigado vapor.
En tales circunstancias, las esquinas se distorsionaban mientras continuaban su recorrido. Un cuidacoches apareció entonces, saludándolos al pasar e intercambiando breves palabras con ella, casi imperceptibles.
Había sombra en ese recodo, y aunque el asedio no fuera más que un horror bien oculto a las miradas de otros, una muerte previsible se cernía, escabulléndose como un hado de malevolencia omnipotente, como un presagio sombrío.
Pudo alejarse, sí, y correr y correr hasta el parque más cercano, donde sus conocidos podrían salvarla y cobijarla, protegiéndola de la terrible perplejidad, de aquel perseguidor y su cacería cuya insondable fatalidad presentía como un destino insalvable o una sorpresa infortunada.
—¡Llamen a alguien de mi familia! Todo es un sueño y necesito despertar —suplicó con la mayor prisa de su corazón, mientras se abofeteaba el rostro y daba saltos, intentando que su cuerpo reaccionara y volviera al lugar al que pertenecía.
—¿Un sueño? —preguntó alguien, desconcertado, mientras todos la escudriñaban, sumidos en un silencio áspero, sin entender la causa de tal alboroto. La luz LED del salón en donde estaban reunidos era ácida a la vista.
—¡Sí, un sueño! —volvió a repetir. Se le acababa el tiempo… y los rostros robotizados de sus conocidos, mirando en su dirección, parecían petrificarse cada vez más, con escleróticas quebradizas y cristalinos ojos que podrían haber sido huecos en sus cavidades oculares. Los labios finos permanecían entreabiertos en una mueca de ausencia. Un mensaje de auxilio… ¿no estarían en su contra?
Insistió en la llamada telefónica como quien da una orden irrebatible, convencida de que, desde aquel lugar ilocalizable camuflado en la densa marea de su inconsciente, un llamado podría acaso atravesar tiempo y espacio hasta el lugar en donde dormía. De pronto, una de las jóvenes presentes le indicó que la llamada estaba en curso. Se escucharon varios pitidos provenientes de un teléfono. Milagrosamente, cerró los ojos y sintió que sus miembros se desplazaban, que su conciencia se alejaba de la penumbra onírica, revelando la luz del sol que intentaba colarse a raudales por las hendiduras de la persiana.
—¡Llegamos de la feria! —gritó su madre desde fuera, abriendo lentamente la puerta de su dormitorio.
Ella se desperezó, sintiendo el profundo alivio de lo conocido, que por fin la abrigaba debajo de las mantas. Todo estaba bien, en realidad; parecía estarlo, porque, luego de remar en un coágulo de horas condensadas dentro de la penumbra viscosa que se aferraba a su piel en aquel limbo, adormilada y con sus legañosos ojos semicerrados, despertó, o quizá solo soñó que despertaba, porque vio a través de la ventana a su madre pasar de un extremo a otro, apresurada por abrir la puerta de entrada con llave, como si no hubiera estado en la casa por un rato largo y tendido.
Entonces escuchó que se acercaba y entornaba la puerta mientras decía:
—Mi amor, ya llegamos de la feria.
